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Ozono troposférico: El contaminante que obliga a mirar más allá del termómetro
- Por Carlos Saul, Gerente General de AyT. //

Hay contaminantes que vemos y otros que no; el ozono troposférico pertenece a este segundo grupo y quizás por eso recibe menos atención que otros problemas de calidad del aire.
Sin embargo, un nuevo análisis del Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (CAMS) indica que, durante los primeros ocho meses de 2026, casi el 40% de la población mundial estuvo expuesta a niveles extremadamente altos de este contaminante y sólo un 5% estuvo expuesto a niveles considerados buenos según las referencias de la Organización Mundial de la Salud.
El ozono troposférico tiene una particularidad que hace especialmente importante su monitoreo; a diferencia de otros contaminantes, no se emite directamente a la atmósfera, se forma cuando contaminantes precursores, como los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, reaccionan en presencia de luz solar y altas temperaturas. Por eso, las olas de calor pueden convertirse también en episodios de mala calidad del aire, el ozono troposférico puede afectar la salud de las personas y también tiene consecuencias sobre los ecosistemas y el rendimiento de los cultivos.
Esto significa que medir no es simplemente registrar una concentración en un determinado momento. Para entender qué está ocurriendo en la atmósfera es necesario observar cómo evolucionan los contaminantes, relacionarlos con las condiciones meteorológicas y reconocer cuándo se están generando las condiciones que pueden llevar a un episodio crítico. El informe de Copernicus también nos muestra que el problema no siempre se queda donde se originan las emisiones, ya que el ozono y sus precursores pueden desplazarse a grandes distancias, atravesando fronteras y afectando zonas alejadas de las fuentes originales.
Cuando aumentan las temperaturas y se mantienen determinadas condiciones atmosféricas, disponer de información oportuna puede marcar una diferencia entre reaccionar cuando el episodio ya ocurrió o anticiparse a sus efectos. Por eso, la medición ambiental debería dejar de verse únicamente como una obligación asociada al cumplimiento de una norma; los datos pueden entregar algo mucho más valioso, la capacidad de anticipación. Una medición continua y confiable, como, por ejemplo, la que proporcionan equipos de AyT, permite identificar tendencias, detectar cambios, contrastar información y comprender mejor qué está ocurriendo en un territorio.
Cuando la información ambiental es trazable y está disponible oportunamente, puede servir para activar alertas, ajustar procesos, investigar el origen de un episodio de contaminación o evaluar si las medidas adoptadas están dando resultados. Para que eso ocurra, sin embargo, no basta con acumular datos, estos deben tener calidad, continuidad y contexto.
El desafío es todavía mayor en un escenario donde los episodios de calor extremo son cada vez más relevantes para la calidad del aire. El propio análisis de Copernicus muestra que, pese a los avances en la reducción de algunos contaminantes, el ozono troposférico continúa siendo un problema complejo, precisamente por la interacción entre emisiones, radiación solar, temperatura y transporte atmosférico.
Medir no es el punto final, es el comienzo de una mejor comprensión de lo que respiramos y de cómo podemos actuar frente a ello. El aire no tiene fronteras y tampoco los contaminantes; si queremos proteger la salud de las personas y los ecosistemas, necesitamos pasar de una lógica de medición aislada a una gestión basada en información ambiental continua, confiable y útil para decidir.



