- Por Fernando Saenger Gianoni, Abogado y Profesor de Derecho en Universidad Católica de la Santísima Concepción. //

Tal como dice un autor “si es legítimo deponer a una autoridad ilegítima, quien la reemplace a través del ejercicio legítimo del derecho de rebelión, necesariamente deberá tener un título de origen legítimo (que es posterior a la rebelión). Sería absurdo que existiera un derecho legítimo de rebelión y no se pudiera reemplazar la autoridad ilegítima ya que no se puede dejar vacante el ejercicio del Poder.”
El derecho de resistencia a la opresión tiene una profunda consagración a través de la historia, no sólo desde el punto de vista del derecho, sino que, en la jurisprudencia política, la literatura, en el teatro y en las artes. Quizás, uno de los ejemplos más significativos y elocuente es el de Julio César, magistralmente relatado por Shakespeare en la obra del mismo nombre.
Los conspiradores encabezados por Bruto (hijo adoptivo de Julio César) justifican su muerte, por sus ambiciones dictatoriales y autocráticas. Bruto justificando la ejecución dijo: “No porque amaba a Cesar menos, sino porque amaba a Roma más. ¿Preferiríais que César viviera y morir todos esclavos, a que esté muerto César y todos vivir libres?”
La Iglesia Católica en el Catecismo del año 1992, expuso con toda precisión y sin titubeos, el derecho de resistencia a la opresión, cuando en su No. 2243, señaló lo siguiente: “La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas, sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) En caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores”.
En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino en la “Suma Teológica” y en su obra “Regimene Principium”, analiza la resistencia a la opresión y lo vincula y lo justifica siempre que se cumplan las siguientes condiciones.
- Una tiranía insoportable.
- Probabilidades de triunfo o éxito.
- Que no se causen males mayores.
En los tiempos recientes, el Presidente Obama, Premio Nobel de la Paz, año 2009, fue muy preciso y esclarecedor en el discurso que pronunció en la ceremonia entrega de este galardón. En esa ocasión, repitió frases de Martín Luther King, en el sentido de que la violencia nunca produce paz permanente. Sin embargo, agregó una frase maravillosa y una argumentación impecable que la transcribo por ser histórica.
“Pero, en mi calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a mi país, no me puede guiar solamente su ejemplo. Enfrento al mundo como lo que es, y no puedo cruzarme de brazos ante amenazas contra estadounidenses. Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaida a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamado al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón.”
“Entonces, parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos, aparentemente irreconciliables: que la guerra, a veces, es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano.”
Nadie puede dudar, que la dictadura de Maduro llegó a un límite intolerable desde el punto de vista de los derechos humanos y civiles. Torturas, presos políticos por doquier; genocidio de 9 millones de exiliados venezolanos; fraude colosal en las últimas elecciones presidenciales ganadas por la oposición; masacre de los derechos de libertad de opinión y de información; narco terrorismo interno y externo; corrupción por todos los lados, un arco iris de maldad sin límites. Todo esto hacía plausible, inevitable y de toda justicia el derecho a la resistencia a la opresión. Como dijo Juan de Mariana, el tiranicidio del gobernante ilegítimo es un acto de justicia.
“Quién habrá falto de juicio que no se convenza de que es lícito sacudir el yugo de la tiranía por medio de la justicia de las leyes y aún por el de las armas.” Esta es la situación que, jurídicamente, se denomina “sin salida.”




